QUISIERA SER JOAN CRAWFORD

QUISIERA SER JOAN CRAWFORD

En su texto El querer ser otro, J. L. Borges se atarea en indagar un anhelo enigmático, el deseo de B de querer ser N. El escritor supone que muchas mujeres de su época podrían haberlo expresado, por ejemplo, al decir o pensar quisiera ser Joan Crawford. Borges considera el sentido de tal anhelo, y en primer lugar considera la posibilidad más simple: B no quiere en realidad ser N (supongamos que N es Joan Crawford), sino tener un cuerpo como el de ella, cobrar el salario de una estrella de Hollywood, y gozar de la fama y la admiración que acompañan a la célebre actriz, que en nuestros días podría ser otra de nombre igualmente impactante. Sin embargo, hay un segundo sentido de la expresión “quisiera ser Joan Crawford”, y es el caso de que alguien desee ser en cuerpo y alma esa otra persona. Es aquí donde nuestro autor se detiene para preguntar si tiene algún sentido ese anhelo. En el primer caso B no quiere ser verdaderamente N, sino que quiere seguir siendo B, más las envidiables circunstancias de N. Lo enigmático y prácticamente suicida, es que B quiera enteramente dejar de ser B para incorporarse por completo a N. Pero si esa transformación se produjera de manera perfecta, eso nos lleva, según Borges, a una conclusión melancólica: el milagro sería impracticable, o más bien imperceptible, porque de ocurrir no tomarían noticia ni B, ni N. El autor de los Textos cautivos no nos priva de la idea de un Dios que se complace en esos secretos cambios, que podrían estar ocurriendo todo el tiempo. Así, en algún momento puedo dejar de ser Marcelo Barros y convertirme en el mejor amigo del primo segundo del contador de Mauricio Macri. Si ese cambio ocurriese, nadie lo notaría. Sería tan imperceptible como absoluto. La reflexión nos lleva a la metafísica, porque si tal transformación fuese posible, entonces la pregunta es qué es lo que se transmigra de B a N, dado que no estamos hablando de la conciencia, o del caso tan frecuente en muchas películas donde un personaje se encuentra bajo la situación de haber pasado su alma a la de otro.

El escritor apela entonces a los filósofos idealistas -David Hume, para el caso- que nos considera como una sucesión de estados de conciencia que forman una serie incoherente y discontinua. Desde esta perspectiva disolvente -así la llama Borges-, nadie es verdaderamente alguien, y la idea de que la serie puede quedar unificada por alguna unidad englobante, que se presenta como identidad personal, es una ilusión. Acaso la más fuerte de las ilusiones, ésa que nos hace creer que quien fui ayer y quien soy ahora, o quien he sido por la mañana, por la tarde o la noche, pueden ser unificados bajo el artículo de fe “soy yo”. ¿Si B no es B, entonces quién o qué es? Borges sigue a los filósofos con su inmejorable capacidad de enumeración: B es, “mirar distraído un farol + apurar el paso + reconocerse en el espejo de una confitería + deplorar que uno no pueda enviarle alfajores a tal niña de tal calle + figurarse con algún esa calle + rectificar el ángulo del chambergo + tener frío + pensar en la hora… “La lista es larga, y el lector ya habrá apreciado que corresponde a la cotidianeidad de otra época. Eso no importa. De lo que se trata es de una sucesión de metonimias de B, y B no es más que la suma de sus metonimias. Borges dice que la primera consecuencia de esta teoría es que B no existe. La segunda, para él mejor, es que como N tampoco existe, muchos instantes de las infinitas impresiones de los dos pueden ser iguales. Así, en algunos momentos, B es N. Dos hombres sedientos que prueban el primer contacto del agua, aunque lo hagan en épocas y lugares diferentes, son el mismo hombre. Todas las personas absortas en la misma música son la misma persona. Todos los amantes que se abrazaron, que se abrazan y se abrazarán son Adán y Eva. Borges concluye que nadie es sustancialmente nadie, pero cualquiera puede ser, en algún momento, cualquier otro. Finaliza el artículo diciendo que estos juegos nos han conducido a la mística.  Y en efecto, ya soltándonos de la mano de Borges que hasta aquí nos trajo, lo poco que podemos decir sobre la mística es que ella implica la cuestión de la disolución del yo, del extravío de los límites que lleva al éxtasis. Sólo la vía de los místicos -si es que ella existe- nos permitiría liberarnos de la ilusión del yo. En este punto hay que advertir que no se trata de sustituir la pretendida unidad del narcisismo con la no menos pretendida unidad de la masa y del “nosotros”. El éxtasis supone un salir de sí que no guarda relación con el contagio masivo de la identificación histérica, y en realidad no la guarda tampoco con ninguna identificación. Lo que se plantea es una disolución, y deberíamos preguntarnos si en la experiencia mística no se trata tanto de ser otro como de no ser nadie. O nada. Acaso haya una equivalencia entre “nadie” y “cualquiera”. Si tal experiencia existe, seguramente no es fácil de soportar. Al mismo tiempo, nos parece que hay algo venturoso en el liberarse de “la cosa que somos”. Podríamos hacer nuestros estos versos de Conrado Nalé Roxlo:

De ese desconocido que ha cruzado la plaza,
Los recuerdos más tristes quisiera recordar.
Llenarme de otras vidas, otra luz, otras muertes.
No ser este hombre solo frente a la eternidad.

El querer ser otro también corresponde al querer vivir otras vidas, superar los límites de las decisiones ya tomadas. Dar lugar a todas las demandas no cumplidas, que según Freud se nos presentan bajo la forma del Ideal, y acaso también bajo la del Superyó. Las opciones desechadas son restos dejados caer, que en la obra Peer Gynt de Ibsen le reprochan al héroe el haberlas dejado en el limbo. Hoy la realidad virtual nos ofrece múltiples avatares de nuestra persona que pueden tener un destino diferente al nuestro en un universo virtual paralelo. No sabemos, sin embargo, si nuestro alter ego no habrá de repetir los mismos circuitos de una manera diferente, sin que lleguemos a huir verdaderamente de la cosa que somos. Sobre todo, si esa cosa es una cosa deseante. ¿Cambiar de avatar a otro universo hará cambiar nuestra pasión, o acaso ella será inmutable y fatal como lo declara un monólogo inolvidable de la película El secreto de sus ojos (Campanella, 2009)? Acaso una forma del querer ser otro, tal vez la más ambiciosa, sea la de querer lo que el otro quiere con la misma pasión con que lo quiere. Tener -¿o ser?- ese mismo fuego. ¿Si nos convertimos en Joan Crawford tendremos su enérgica personalidad, su talento actoral, su voluntad inquebrantable, sus depresiones, su inclinación al alcohol y la venganza? Todos conocen su rivalidad con Bette Davis. Menos conocido es el odio que le inspiraba Norma Shearer. En la película The Women (Cukor, 1939) trabajaron juntas. El personaje de Crawford le roba el marido al personaje de Shearer. La implacable Joan dijo que “adoraba interpretar a perras”, y que su rival la ayudó mucho como inspiración. Tal vez el odio sea, también, una forma del querer ser otro.